1974: DE SEVILLA A AMSTERDAM: EL FRACASO DEL IMPERIO.
(Capítulo 4 de El Moderno Sistema Mundial, I, de Immanuel Wallerstein. Digitalizado a partir de la edición en castellano de Siglo XXI editores, 1979. Traducción de Antonio Resines)
(viene de pag. anterior)
El éxito de Amsterdam fue importante, por consiguiente, tanto política como económicamente. Pero ¿cuál fue el marco político que hizo posible este éxito? Las últimas cinco décadas del siglo XVI señalan no sólo el ascenso de Amsterdam, sino también la llamada revolución de los Países Bajos, cuyas fronteras en el espacio y en el tiempo resultan tan amorfas (o, mejor dicho, tan discutidas) como su contenido social.
Para empezar, ¿fue una revolución? Y si lo fue, ¿fue una revolución nacional o una revolución burguesa? Y ¿existe acaso alguna diferencia entre estos dos conceptos? No pienso comenzar ahora un largo excursus sobre el concepto de revolución. No estamos aún listos en la lógica de este trabajo para abordar esta cuestión. Simplemente me gustaría subrayar en este punto que, en mi opinión, esta cuestión no resulta más ambigua (ni, desde luego, más clara) en el caso de la "revolución de los Países bajos" que en el caso de ninguna otra de las grandes "revoluciones" de la era moderna.
La historiografía revela una enorme división en la interpretación de esta cuestión. Algunos consideran la revolución esencialmente como la historia de la nación "holandesa", es decir, de los Países Bajos del norte, calvinistas, luchando por la libertad y la independencia contra la Corona española, ayudada y apoyada por los católicos "belgas" (del sur de los Países Bajos). Otros la consideran esencialmente una revuelta de toda la nación de los Países Bajos ("borgoñona"), apoyada por personas de todos los grupos religiosos, que sólo consiguió liberar media nación. J. W. Smit finaliza un repaso a la historiografía con este muy sensato comentario:
Estos problemas, no obstante, sólo pueden ser resueltos si dejamos de tratar la revuelta como un bloque y nos damos cuenta de que hubo una serie de revueltas, que representaban los intereses y los ideales de diversos grupos sociales, económicos e ideológicos: revueltas que en ocasiones corren paralelas, en ocasiones entran en conflicto unas con otras y en otras ocasiones se coaligan en un único movimiento (182).
Desde el punto de vista del sistema mundial, tal y como se iba desarrollando, tenemos que preguntar: ¿por qué tuvo lugar en los Países Bajos y sólo en ellos una compleja revolución nacional y social en el "segundo" siglo XVI, una era de relativa tranquilidad y orden social en otros lugares (con la excepción, y muy importante, de Francia), y cómo es que la revuelta tuvo éxito en gran medida? (183)
En la época de Carlos V, la política interna de los países Bajos no fue llamativamente diferente de la política de otras partes de Europa. La nobleza mantenía una relación ambivalente frente a su príncipe, temiendo su creciente poder político y económico, viéndole como protector de sus intereses tanto contra la burguesía como contra las revueltas populares, encontrando en el servicio al príncipe una salvación financiera para los "hijos menores" o los nobles arruinados; poniéndose, en última instancia, al lado del príncipe (184). Entonces, de repente, no encontramos en una situación en la que "los frustrados burgueses prósperos de las ciudades en expansión se unieron a los desesperados artesanos desclasados y a los nobles florecientes o en decadencia, convergiendo los disturbios locales en una revolución general" (185). ¿Cómo fue esto?
Creo que la clave del desencadenamiento de la revolución no se encuentra en el descontento social de los artesanos y los trabajadores urbanos, ni en la burguesía, que sin duda alguna sería la gran beneficiaria de la revolución, sino en el hecho de que grandes partes de los "Países Bajos" temieran súbitamente que el príncipe no fuera su agente, que su política a corto y a medio plazo amenazara sus intereses significativamente y que no estuviera al alcance de sus posibilidades políticas persuadirle de cambiar de política, dado que su arena política (el imperio español) era mucho mayor que la que ellos, de ser establecida, podrían controlar (186). En pocas palabras, tuvieron un reflejo de oposición "nacionalista" (187).
Veamos parte de la evidencia. Allí la nobleza, como en otros lugares, estaba crecientemente endeudada. Más aún, el Emperador no hacía más que recortar sus fuentes de ingresos (188). Cuando Felipe II asumió el poder, descubrió una súbita resistencia a su recaudación de fondos (189). Los últimos años de Carlos V fueron años de prueba; grandes exigencias del Emperador combinadas con una disminución de los ingresos reales de la nobleza a causa de la inflación de precios. Las quiebras y las dificultades económicas resultantes del tratado de paz de Cateau-Cambrésis hicieron que la situación empeorara súbitamente (190).
Después, encima de las desgracias económicas, Felipe II obtuvo en 1559 permiso para crear nuevos episcopados. Con ello pretendía racionalizar las fronteras políticas y lingüísticas, incrementar el número de obispados, y requerir que los obispos tuvieran preparación técnica (es decir, que fueran teólogos, en vez de hijos de grandes señores). Por añadidura, el plan requería que los fondos necesarios para dotar a los nuevos obispados se tomaran de los ingresos de ciertas abadías históricas y hasta entonces independientes, reemplazando los nuevos obispos a los abades en diversas asambleas políticas. Sin duda, como señala concisamente Pieter Geyl, esto demostraba que Felipe era un "diligente" constructor del Estado (191). Sin embargo, "no es de extrañar que surgiera una tempestad de oposición a un plan que suponía semejante fortalecimiento de la autoridad del rey en un momento en que sus designios eran observados con desconfianza desde todas partes" (192).
En la otra dirección, la nobleza buscaba transformar el Consejo de Estado en "un cuerpo ejecutivo exclusivamente aristocrático" (193). Felipe se negó, pero adoptó una postura de compromiso retirando las fuerzas españolas, dejando a su gobierno en los Países Bajos sólo con las fuerzas suministradas por la nobleza local y los centros urbanos para mantener el orden. Si se añaden a este cuadro las quejas generales de las clases bajas y la burguesía media por la recesión de la década de 1560 (194), y la debilidad general de la Iglesia, atacada ya desde hacía cuarenta años, resultaba posible una revuelta:
Turbas indiferentes en lo religioso atacaron las cárceles, detestados símbolos de la opresión, y libertaron a los protestantes. La tolerancia se convirtió en consigna general, formando, en conjunción con la exigencia de unos Estado Generales libres, el núcleo del programa político de l oposición. Durante algún tiempo, estas consignas funcionaron como creencias perfectamente generalizadas de alcance nacional, o interprovincial; eran principios sencillos y, por encima de todo, eran socialmente neutrales (195).
No debemos olvidar que esto ocurre poco después de la paz de Cateau-Cambrésis, que permitió que se reanudaran las sesiones del Concilio de Trento y, por tanto, que se institucionalizara la Contrarreforma (196). Así, el catolicismo y la Corona española se vieron más íntimamente identificados que anteriormente.
La "revolución" atravesó una serie de fases: el primer alzamiento (tanto en el norte como en el sur) y su supresión (1566-1572); el segundo alzamiento (más "protestante"), tan sólo en Holanda y Zelanda, al norte (1572-1576), que terminó con la Pacificación de Gante; un alzamiento radical en Flandes, al sur (1577-1579); una división del país en dos desde 1579 en adelante (en el norte las Provincias Unidas, en el sur un régimen lealista); un intento de reunificación en 1598; conclusión de una tregua duradera en 1609.
A lo largo de este período, lo que debe señalarse es que el conflicto -amorfo y multipolar al principio-- tomó una forma cada vez más clara como lucha del norte protestante, o mejor, "protestantizado", en busca de su independencia nacional con un régimen consonante con las necesidades de la burguesía comercial, cuya fuerza a escala mundial creció a lo largo de la lucha y, subsiguientemente en el siglo XVII. Una vez comenzado el conflicto, probablemente había muy poco que España, dado "el fracaso del imperio" pudiera haber hecho para detenerlo (197), especialmente dado, como veremos, el nuevo equilibrio de poder en Europa. De hecho, las presiones bajo las que actuaba España quedan claramente indicadas por el hecho de que prácticamente todos los puntos políticos críticos en las relaciones entre España y los Países Bajos, desde 1557 a 1648, vinieron inmediatamente precedidos de una crisis financiera en España (198).
Aunque la revolución de los Países Bajos era un movimiento "nacionalista", comprendía una componente religiosa desde el principio. Mientras la nobleza buscaba en un principio monopolizar la forma y naturaleza de la disputa con el rey, la comunidad calvinista rompió con su papel pasivo prescrito, lanzándose a un frenesí de destrucción de imágenes (la rebelión iconoclasta), que barrió el país, norte y sur. Geyl afirma que las autoridades estaban "paralizadas de miedo" y que los dirigentes calvinistas mostraban "sorpresa y desazón" (199). Fue la religión lo que añadió el toque de pasión ideológica a la revolución e hizo posible que I. Shöffer comparara la rebelión iconoclasta con el asalto a la Bastilla y los tumultos callejeros de Petrogrado en marzo de 1917 (200).
Aunque esta fase pasó rápidamente, la fuerza de los calvinistas, como partido revolucionario, como jacobinos del siglo XVI, en la analogía de H. G. Koenigsberger (201), significaba que tenían el vigor necesario para persistir cuando otros se quedaban en la cuneta, para utilizar una política de "aterrorizar a la población" (202), y para poder "movilizar a la masa en momentos estratégicos" (203). Cuando en la Pacificación de Gante las autoridades intentaron resolver el conflicto por medio de la partición religiosa, no hicieron más que atrincherar al partido reformado en Holanda y Zelanda, y reforzar la identificación de la causa política y la religión (204), lo que llevó finalmente a la "protestantización" de áreas bajo control protestante. La división del país en 1579 condujo a una consolidación de ambas partes y, por tanto, a una polarización religiosa duradera (205). Las líneas de separación administrativa eran de hecho el resultado de factores geomilitares. El sur de los Países Bajos era terreno abierto donde la caballería española llevaba las de ganar. La parte norte estaba cubierta de canales y otras barreras al movimiento de la caballería. Era, en pocas palabras, un territorio ideal para la guerrilla (206). Al cabo del tiempo, los del norte se hicieron protestantes; los del sur se hicieron católicos.
Por tanto, no es que, como han planteado muchos, el protestantismo resulte particularmente consonante con el cambio social, no más con el nacionalismo que con el capitalismo. Más bien, como dijo sir Lewis Namier, "religión es el nombre del nacionalismo en el siglo XVI" (207). El protestantismo sirvió para unificar los Países Bajos del norte. Señalamos en el capítulo anterior cómo y por qué el catolicismo quedó ligado al sentimiento nacional polaco. Y el catolicismo hizo lo mismo por Irlanda (208). Allá donde una religión no estaba firmemente ligada a las causas nacionales, no resultó capaz de sobrevivir, como el calvinismo en Francia (209).
Lo que pasaba era que, en el torbellino de intereses conflictivos, sólo podían construirse nuevas estructuras organizativas por medio de extrañas e inestables alianzas. Los hombres buscaban asegurar esas alianzas. H. G. Koenigsberger capta con precisión este punto:
La religión era la fuerza aglutinante que mantenía unidos los diferentes intereses de las diferentes clases y les suministraba una organización y una maquinaria de propaganda capaces de crear los primeros partidos genuinamente nacionales e internacionales de la moderna historia europea. Porque estos partidos jamás abarcaban más que una minoría de cada una de sus clases constituyentes. Más aún, era por medio de la religión como podía atraerse a las clases más bajas y a las masas para que desahogaran la ira de su pobreza y la desesperación de su desempleo en barbara matanzas y fanáticos pillajes. El descontento social y económico creaba un terreno abonado para la captación por cualquiera de las dos partes, y la tiranía democrática popular apareció tanto en el Gante calvinista como en el París católico (210).
Si la religión sirve entonces como cemento nacional, no dice poco acerca del contenido social de las estructuras estatales resultantes. J. W. Smit argumenta que la revolución de los Países Bajos fue esencialmente, a pesar de sus ambigüedades, una revolución burguesa que llevó a la burguesía al poder, y que la partición de los Países Bajos y las resultantes fronteras estatales son una medida de su grado de fuerza frente a sus enemigos (211).
Por supuesto, la nobleza estuvo implicada en diversos lugares y momentos, particularmente al principio, pero los nobles huyeron de la causa nacionalista asustados por las corrientes subyacentes de radicalismo social (212). Pero si los movimientos sociales radicales tenían una base suficiente en el lumpenproletariado de las ciudades nacido de la expansión económica cum recesión, como queda ejemplificado por el breve control de Gante por Jan van Hembyze de 1577 a 1579 (213), se vieron rápidamente aislados y se autodestruyeron al perder de vista el tema nacional y volverse contra la burguesía, y, por tanto, paradójicamente, hacia una alianza con las fuerzas del rey (214).
Así, lentamente, emergió una confederación de gobiernos de ciudades que prescindieron rápidamente de todo adorno "democrático", pero que también estaban libres de las cargas económicas que su participación en el antiguo sistema español les infligía (215). Los comerciantes crearon para sí mismos una ligera confederación sin el aparato administrativo de la mayor parte de los otros Estados. Muchos han calificado esto de debilidad, pero Smit parece acercarse más a la cuestión cuando nos recuerda que el aparato de Estado de la república holandesa "permitió el logro de un grado de integración económica mayor que cualquiera de las monarquías de Europa. La burguesía de Holanda había llevado a cabo el grado de reforma necesario para promover la expansión económica y sentirse, no obstante, libre de una excesiva centralización" (216). Así, la revolución de los Países Bajos no podría haber comenzado jamás sin la deserción de muchos nobles del orden establecido. No podría haber tenido un segundo aliento sin las corrientes radicales procedentes de abajo. Pero al final fue la burguesía quien tomó firmemente las riendas y acabó siendo la beneficiaria del nuevo orden social.
¿Por qué, no obstante, los Países Bajos y no otro lugar? Hemos dicho que el "segundo" siglo XVI fue una era de repliegue hacia el interior, de rechazo del ideal imperial en favor de la búsqueda de un Estado fuerte. Existía aún, no obstante, durante parte de ese período, una arena en la que intervenían todas las grandes potencias, en la que todas estaban implicadas. Eran los Países Bajos. Una forma de interpretar la revolución de los Países Bajos es verla como el resultado del esfuerzo de los grupos dominantes locales por lograr la misma exclusión de la interferencia política de los extranjeros, el mismo control de sí mismos que España, Francia e Inglaterra, al menos, pugnaban por disfrutar.
Otra forma de interpretarla es decir que, debido a que a partir de 1559 España, Francia e Inglaterra se anulaban mutuamente, los habitantes del os Países Bajos tuvieron espacio social para reafirmar su identidad y arrojar de sí el yugo español. Esto fue particularmente cierto después de la derrota de 1578 de la Armada Invencible española (217). No es que ninguno de estos países apoyara la independencia del os Países Bajos. España no quería perder parte de sus dominios. Francia, aunque deseaba debilitar a España, vacilaba a causa de las implicaciones para la lucha religiosa interna. Inglaterra quería echar a España, pero no quería dejar entrar a Francia, y prefería, por tanto, ala autonomía de los Países Bajos bajo la nominal soberanía española (218). No obstante, la cuestión es que este conflicto en el seno del sistema mundial, este debilitamiento del predominio mundial español, hizo posible para la burguesía de las Provincias Unidas maniobrar para defender sus intereses. En 1596 podían ya participar como iguales en un tratado con Francia e Inglaterra, cuando poco tiempo antes se habían ofrecido como súbditos de la una o de la otra. Como comenta Geyl: "una vez más, los celos mutuos de Francia e Inglaterra en lo concerniente a los Países Bajos resultaron ser un beneficio" (219).
Notas:
(182) J. W. Smit, «The present position of studies regarding the revolt of the Netherlands», en Bromley y Kossman, comps., Britain and the Netherlands, Groninga, Walters, 1964, i, p. 28.
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(183) «El desarrollo político que [...] tiene lugar [a finales del siglo XVI], combinado con el impresionante auge de una economía conducida por una clase mercantil encabezada por las familias gobernantes, explica en gran medida la notable posición que éstas llegan a ocupar en Holanda en el siglo XVII». D. J. Roorda, «The ruling classes in Holland in the seventeenth century», en Bromley y Kossman, comps., Britain and the Netherlands, Groninga, Wolters, 1964, II, pp. 112-113.
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(184) «La nobleza podía elegir entre buscar la ayuda del príncipe contra su común enemigo burgués o aliarse con la burguesía contra el príncipe, que no era menos proclive a querer recortar el poder de los nobles. Durante el reinado de Carlos V la nobleza pareció optar por el príncipe. La alta nobleza ascendió rápidamente en el servicio del Emperador, mientras la baja nobleza se contentaba con funciones administrativas menores o con servir en el ejército.» J. W. Smit, Preconditions of revolution, p. 31.
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(186) «¿No se deben las grandes revoluciones a la conjunción de clases prósperas que quieren convertirse en revolucionarias y clases maltrechas que se ven obligadas a hacerlo, mientras que las revoluciones motivadas por la pura pobreza tienen de hecho corta vida?» Comentario de Pierre Vilar en Charles Quint et son temps (Colloques Internationaux du CNRS, 30 de septiembres de octubre de 1958), Paris, CNRS, 1959, p. 188.
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(187) «En el siglo XVI, casi por vez primera, los movimientos de oposición adquirieron dimensión nacional e incluyeron clases, o elementos de clases, que iban desde los príncipes de la sangre hasta los artesanos sin empleo.» H. G. Koenigsberger, «The organization of revolutionary parties in France and the Netherlands during the sixteenth century», The Journal of Modern History, XXVII, 4, diciembre de 1955, p. 336.
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(188) «El gobierno central y los odiados juristas estaban además privándoles de los derechos señoriales que les restaban. En 1520 una proclama prohibía la exigencia de nuevos diezmos y pretendía la abolición de to. dos los derechos señoriales existentes por menos de cuarenta años. En 1531, la Corona prohibió a los señores exigir nuevos dones o servicios a sus arrendatarios. La caída de los ingresos procedentes de los derechos de jurisdicción ya ha sido mencionadas H. G. Koenigsberger, «Property and the price revolution (Hainault, 1474-1573)», Economic History Review, 2ª serie, IX, 1, 1956, p. 14.
Véase Smit: «Pero es difícil determinar si tal hostilidad estaba inspirada ante todo por la preocupación de conservar su posición económica o por el deseo de mantener su estatus social. La alta nobleza todavía recibía un ingreso considerable, pero su posición económica relativa, como (en menor medida) la de la baja nobleza, parece haber ido declinando a causa del gasto ostentoso. Obviamente, las presiones económicas eran sólo uno de los muchos pesares de la nobleza, pero constituían un incentivo fundamental para la revolución en una clase que se sentía cercada por todas partes.» Preconditions of revolution, pp. 41-42.
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(189) Véase Pieter Geyl, The revolt of the Netheríands (1559-1609), Londres, Williams & Norgate, 1932. pp. 69-70.
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(190) «Si la caída del ingreso real de la baja nobleza se debió, de hecho, a la subida de los precios, entonces probablemente esta calda no se extendió por igual a lo largó de los tres primeros cuartos del siglo xvi, sino que se concentró en los quince o veinte años anteriores al estallido de la gran revuelta, en los que los precios subieron mucho más rápidamente que antes. Así, si hubo una crisis, fue una crisis relativamente aguda y brusca, agravada por la desmovilización de las bandes d'ordonnances, la caballería aristocrática de los Países Bajos, tras el tratado de Cateau-Cambrésis, en 1559.» Koenigsberger, Economic History Review, IX, página 14.
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(191) «Fue un notable ejemplo de lo que el monarca podía hacer en orden a la construcción del Estado, y muestra a Felipe como un trabajador diligente en la tradición de su casa.» Geyl, The revolt of the Netherlands, p. 71.
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(193) Smit, Preconditions of revolution, p. 47.
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(196) «La paz entre Francia y España es el fundamento político sobre el que se asienta la reorganización tridentina del catolicismo. Hecho de particular trascendencia, no ya para un pueblo sólo, sino para la cristiandad entera.» Manuel Fernández Álvarez, «La Paz de Cateau-Cambrésis», Hispania, XIX, 77, octubre-diciembre de 1959, p. 544.
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(197) Koenigsberger acude en defensa de Felipe II: «Felipe II ha sido condenado casi universalmente por enviar al duque de Alba a los Países Bajos. Pero estos juicios, ¿no se basan en buena medida en la visión retrospectiva del historiador? ¿Podía actuar de otro modo un fuerte gobernante del siglo XVI enfrentado con la doble oposición de la alta nobleza (aunque oposición constitucional) y de un movimiento religioso revolucionario dotado de un organización militar (aunque en su infancia)? En Francia y Escocia los calvinistas habían construido sus formidables organizaciones gracias a la debilidad de los gobiernos francés y escocés. En el siglo XVI era un lugar común del oficio de Estado que las rebeliones debían ser aplastadas en su infancia. Además esta política estuvo muy a punto de tener éxito. Fracasó, quizá, porque ya era demasiado tarde, incluso en 1567, y porque Alba no tenía un poder naval para aplastar a los Mendigos del Mar. Indudablemente, Felipe II no comprendió la complejidad de la situación, y Alba demostró ser una elección equivocada para sus propósitos. Pero tampoco eso era entonces tan evidente como lo sería después; pues Alba se había comportado con considerable tacto en la guerra contra el papa Pablo IV. Sin embargo [...] incluso la crueldad del duque de Alba no provocó un brote espontáneo de rebelión en un pueblo oprimido; la revuelta de 1572 sólo llegó a ser posible a través de la acción de los altamente organizados y despiadados Mendigos del Mar, y de su también altamente organizada "quinta columna" en las ciudades de Holanda y Zelanda.» Journal of Modern History, XXVII, p. 341.
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(198) El vínculo entre los desarrollos internos en España y los altibajos de la revolución de los Países Bajos es explicitado claramente por H. Lonchay: «Estas crisis [de las finanzas españolas] no sólo afectaron a las bolsas de Amberes, Londres y Amsterdam, sino que tuvieron un impacto sobre los acontecimientos en [Bélgica] que no ha sido advertido. La de 1557 explica por qué, pese a las victorias de San Quintín y Gravelinas, Felipe II se vio tan urgido a concluir una paz con Francia. La de 1575 nos hace comprender la Furia Española y todos los excesos de los soldados extranjeros por tanto tiempo privados de su paga. La transacción de 1596 precede la cesión de los Países Bajos a los archiduques, decidida por Felipe II tan sólo porque pensaba que sería más fácil establecer la paz en los Países Bajos de esta forma que por el uso de la fuerza. Los decretos de 1607-1608 nos dan la razón de que Felipe III se resignara a firmar la tregua de los Doce Años, tan lesiva para su orgullo. La de 1647 no fue ciertamente irrelevante para la brusca disposición de Felipe IV a reconocer definitivamente la independencia de las Provincias Unidas. Así, el destino de Bélgica estaba ligado al de España, y a menudo no se puede comprender la historia política de la una sin conocer la situación financiera de la otra.» Académie Royale de Belgique, pp. 994-995.
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(199) Geyl añade. «En cualquier caso fue un trabajo verdaderamente calvinista, fiero y honrado, no contenido por ningún respeto al arte o la belleza, que buscaba purgar la tierra de los elegidos de Dios de los diabólicos ornamentos idolátricos, y derribar de un golpe un pasado de mil años. Y al hecho una vez realizado no le faltó la severa aprobación de los dirigentes intelectuales del calvinismo.» Geyl, The revolt of the Netherlands, p. 93.
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(200) Véase I. Schöffer, «The Dutch revolution anatomized: some comments-, Comparative Studies in Society and History, III, 4, julio de 1961, página 471.
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(201) Véase Koenigsberger, Journal of Modern History, XXVII, p. 335 . Gordon Griffiths sugiere de forma similar que la revolución holandesa puede ser considerada análoga a la francesa en términos de las categorías desarrolladas por Crane Brinton. Véase «The revolutionary character of the revolution of the Netherlands», Comparative Studies in Society and History, II, 4, julio de 1960, pp. 452-472.
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(202) Koenigsberger, Journal of Modern History, XXVII, p. 342.
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(204) Véase Geyl, The revolt of the Netherlands, p. 161.
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(205) Pieter Geyl afirma: «La verdadera explicación, entonces, de la división de los Países Bajos en un norte protestante y un sur católico, es exactamente la opuesta de la habitual. No es porque el sur fuera católico y el norte protestante por lo que la rebelión fracasó aquí y triunfó allí; es porque los ríos permitieron a la rebelión atrincherarse en el norte, mientras España recuperaba las provincias situadas del lado malo de la barrera estratégica, por lo que con el tiempo llega a existir este sistema dual de la república protestante al norte y los Países Bajos católicos al sur, la Holanda protestante y la Bélgica católica.» Debates with historians, Nueva York, Meridian, 1958, p. 209. Véase Henri Lapeyre, Les monarchies européennes du XVI, siècle, París, Presses Universitaires de France, 1967, pp. 188-189.
Así, la separación administrativa conduce a la polarización religiosa. Más aún, no se trata de que los calvinistas se conviertan en capitalistas, sino que los capitalistas se hacen calvinistas. H., R. Trevor-Roper lo argumenta: «Si los grandes empresarios calvinistas de mediados del siglo XVII no estaban unidos por la piedad calvinista, o incluso por su supuesta expresión social, ¿qué era lo que les unía? Si los estudiamos atentamente pronto encontramos ciertos hechos evidentes. Primero, buenos o malos calvinistas, la mayor parte de ellos no eran nativos del país en el que trabajaban. Ni Holanda, ni Escocia, ni Ginebra, ni el Palatinado -las cuatro obvias sociedades calvinistas- produjeron sus propios empresarios. La compulsiva enseñanza calvinista con la que fueron adoctrinados los nativos de estas comunidades no tuvo semejante efecto. Casi todos los grandes empresarios eran inmigrantes. Segundo, la mayor parte de estos inmigrantes procedían de los Países Bajos [...] Más aún, cuando los examinamos aún más de cerca descubrimos que venían generalmente de una clase particular dentro de la república holandesa. Incluso allí habían sido inmigrantes, o lo habían sido sus padres. O eran "flamencos" -es decir, inmigrantes de las provincias del sur ahora bajo dominio español- o procedían del principado católico del obispo de Lieja. The European witch-craze, pp. 15-16.
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(206) «Bélgica (por usar un término moderno) era en su mayor parte un "país de caballería", adecuado para grandes batallas en campo abierto, desde Gemblours a Waterloo. El "reñidero de Europa" es una región que puede ser perdida y ganada en el campo. No así Holanda (por usar de nuevo una palabra moderna), que en su mayor parte está tan cortada por brazos de mar, ríos, canales y pantanos que es difícil encontrar dentro de sus fronteras espació para desplegar en orden formal un gran ejército». Oman, A history of the art of war, p. 541.
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(207) Citado por Christopher Hill, Reformation to the Industrial Revolution, p. 23. En una comunicación personal, Hill señala que «Namier hizo esta observación en una de las varias veladas de discusión que los estudiantes de [Balliol] College tuvieron con él en 1934, cuando estaba dando las Ford Lectures en Oxford». Véase F. Chabod: «Si en la vida del Estado en el siglo XVI hay sentimientos que juegan un papel, son los religiosos antes que los nacionales o patrióticos. En el caso de Francia, esto tan sólo se aplica a la política interna, en tanto que la política exterior se libera tempranamente de consideraciones ideológicas. Pero, en el caso de los Habsburgo, ¿no se aplica también a la política exterior?» Actes du Colloque, p. 620.
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(208) «El catolicismo en Irlanda, al igual que el protestantismo en los Países Bajos, había cobrado fuerza a causa de su identificación con una causa nacional. Aunque la sociedad irlandesa era infinitamente menos sofisticado que la de los Países Bajos, su lucha contra la dominación inglesa se caracterizaba por muchos de los mismos rasgos que marcaron la lucha holandesa contra la dominación de España. En ambas sociedades una causa religiosa impulsaba un sentimiento de identidad nacional, y a su vez era impulsada por éste. En ambas, la afiliación de los dirigentes nacionales a un movimiento religioso internacional proporcionaba nuevas oportunidades para asegurar la ayuda internacional.» J. H. Elliott, Europe divided, 1559-1598, Nueva York, Harper, 1968, p. 302.
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(209) «Había [...] una diferencia esencial entre los regímenes de Francia y los Países Bajos que afectaba profundamente a los caracteres de sus respectivas oposiciones políticas. La misma Catalina [de Francia] era medio extranjera, pero encabezaba un gobierno real que permanecía como símbolo de la unidad nacional en un país dividido. Margarita, hija de Carlos V y flamenca, era neerlandesa por nacimiento; sin embargo, encabezaba un gobierno al que cada vez se consideraba más extraño. Esto demostró ser, a largo plazo, un hecho de incalculable importancia, puesto que permitió a la oposición aparecer --como nunca lo pudo hacer convincentemente en la Francia de la década de 1560- como la defensora de las tradiciones nacionales contra las innovaciones extranjeras.» Elliott, ibid., p. 126.
Si nos preguntamos por qué el calvinismo no fue revolucionario en Inglaterra bajo Isabel como lo fue en los Países Bajos y en Francia en esta época, una vez más la posición de la autoridad real explica la diferencia: «Para empezar, Inglaterra había utilizado mucho de su espíritu nacionalista contra el papado durante los enfrentamientos de Enrique VIII con la Iglesia romana [...] En Inglaterra, desde tiempos de la reina María la cuestión de la influencia extranjera no volvió a ser un problema hasta el reinado de Carlos II. Pero más importante incluso fue en la situación inglesa la ausencia a partir de 1588 de un soberano católico que, como en Francia y Holanda, sirviera de constante recordatorio del Anticristo romano.» Leo F. Solt, «Revolutionary Calvinist parties in England under Elizabeth I and Charles I», Church History, XXVII, 3, septiembre de 1958, p. 233.
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(210) Koenigsberger, Journal of Modern History, XXVII, pp. 350-351. Sobre el calvinismo como movimiento transnacional, véase Robert M. Kingdon: «Las revueltas del siglo XVI no pueden ser vistas solamente como capítulos de historias nacionales separadas; deben ser consideradas, al menos en parte, como obra de una organización religiosa internacional y revolucionaria: la Iglesia calvinista.» «The political resistance of the Calvinists in France and the Low Countries», Church History, XXVII, 3, septiembre de 1958, p. 233.
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(211) «Después de todo, pese a todos los matices que podamos introducir, la nueva república se convirtió en la primera verdadera nación capitalista y burguesa, con una identidad nacional muy mercantil fuertemente marcada. La clave de una [interpretación de los hechos en contradicción] reside, pienso, en el hecho de que la revolución sólo triunfó en parte de los Países Bajos. Yo defendería la tesis de que la revolución de los Países Bajos fue de hecho, entre otras muchas cosas, una revolución social innovadora y progresiva. Pero la clase mercantil burguesa [...] era demasiado débil para establecer su gobierno sobre todos los Países Bajos [...] Sólo encontraría un Estado a su imagen en Holanda, donde la economía de mercado, ya en una fase avanzada de desarrollo, se alimentaba con el capital, la población y los conocimientos prácticos del sur, y donde no tenía oposición importante de grupos sociales rivales.» Smit, Preconditions of revolution, pp. 52-53. Véase T. Wittman: «La guerra de independencia de 1566-1605 contra España constituyó un proceso coherente que cumple todos los requisitos de una revolución burguesa. Las luchas antifeudales de las masas urbanas y campesinas se fundieron en su resistencia a la opresión española y a la Iglesia católica; y estos movimientos de masas llevaron a primer plano en los Estados Generales un grupo dirigente que, especialmente tras la formación de la Unión de Utrecht, y pese a todos sus límites y contradicciones, expresaba las aspiraciones sociales de la burguesía». «Quelques problèmes relatifs à la dictature révolutionnaire des grandes villes de Flandres, 1577-1579», Studia Historica (Academiae Scientiarum Hungaricae), 40, 1960, páginas 3-4.
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(212) «Cada vez que hubo una seria amenaza de revolución social -desde la destrucción de imágenes en 1556 hasta la agresiva dictadura democrática de los calvinistas de Gante, a finales de la década de 1570-, la nobleza de Hainaut cerró filas y se unió por la conservación del status quo, incluso si esto significaba sumisión al dominio español.» H. G. Koenigsberger, Economie History Review, IX, p. 15.
«A largo plazo, ni siquiera la religión pudo reconciliar a la nobleza con las dictaduras democráticas, y una u otra de las partes se vio conducida a una alianza con el antiguo enemigo común. El resultado fue, en todos los casos, la ruptura del partido revolucionario y la derrota del movimiento popular.» H. G. Koenigsberger, Journal of Modern History, XXVII, p. 351.
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(213) Véase Wittman: «las corporaciones no estaban en absoluto detrás del impulso hacia la izquierda de la revolución; más bien se beneficiaron de él, e incluso más de una vez lo obstaculizaron. En las grandes ciudades flamencas existían las condiciones para una radicalización: la pauperización y la acelerada diferenciación social provocadas por la descomposición del régimen feudal en una situación en la que aún no existían los factores precisos para una rápida transición a la producción capitalista. Las masas plebeyas formadas de las filas de los maestros artesanos arruinados, jornaleros, aprendices, pequeños comerciantes y varios elementos del lumpenproletariado, reflejaban en su comportamiento político, aunque sólo fuera instintivamente, este período de evolución». Studia Historica, p. 16. En una nota al pie, Wittman añade: «En La guerra de los campesinos en Alemania, Engels hace varias observaciones pertinentes [...] sobre el enorme crecimiento del lumpenproletariado en el siglo XVI [...] Al analizar los movimientos de masas en la Edad Media, los historiadores marxistas no han realizado todavía un examen detenido de este factor» (p. 16).
Sobre las opiniones religiosas de este lumpenproletariado, Smit comenta: «Al mismo tiempo debemos preguntarnos hasta qué punto la indiferencia hacia la religión dogmática se había extendido también entre las masas; hasta qué punto los iconoclastas de 1566 y los desempleados revolucionarios de 1572 eran un grupo flotante de indiferentes, adeptos futuros antes que vanguardia, en ese momento, del catolicismo o del protestantismo. La respuesta a la pregunta de si la revuelta fue de carácter calvinista o puramente política, moderna o conservadora, depende en buena medida del examen de la estructura social e ideología de la población.» Britain and the Netherlands, I, p. 24.
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(214) «En ninguna parte la revolución llegó tan lejos como en Gante». Koenigsberger, Journal of Modern History, XXVII, p. 344. Véase también Wittman: «Sin embargo, no existían ni la condición objetiva, una burguesía revolucionaria guiada por sus propios intereses, ni la condición subjetiva, una política más consecuente por parte de Hembyze y quienes le apoyaban. A falta de estas condiciones, la radicalización condujo a su propia negación cuando en 1583, tras la «Furia Francesa», Hembyze, que había socavado totalmente la autoridad de los orangistas, se puso a la cabeza de las fuerzas de Gante contra Guillermo de Orange y pidió ayuda a los españoles. La traición de Hembyze no plantea una cuestión moral, contrariamente a la forma en que ha sido tratada normalmente hasta ahora por los historiadores. Se trata más bien de un proceso que puede encontrarse en tocas las revoluciones burguesas precoces. También en Inglaterra, en la época del protectorado de Cromwell, algunos levellers, una vez que el partido se derrumbó, establecieron relaciones con los realistas y los españoles, exactamente como lo hicieron Hembyze y Dalthenus.» Studia Historica, p. 36.
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(215) «Así, los patricios de la república no se velan mantenidos a raya desde abajo. Sin embargo, es aun más notable el hecho de que la revuelta también causó la desaparición de casi cualquier restricción impuesta desde arriba. En la primera mitad del siglo XVI, la administración central había respaldado a los patricios locales contra cualquier coalición en sus ciudades de hombres prominentes ambiciosos y pequeños ciudadanos descontentos. La administración central también había cuidado de que los gobernadores no ejercieran poder fuera de sus propias ciudades. Tras la revuelta, por el contrario, lbs magistrados de las ciudades llegaron a ser en la práctica completamente independientes. Gobernaban sin interferencia de nadie, sin ningún control». Roorda, Britain and the Netheríands, II, pp. 114-115.
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(216) Smit, Preconditions of revolution, p. 52.
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(217) Véase Geyl, The revolt of the Netherlands, pp. 217-219.
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(218) Sobre Francia, véase G. N. Clark, «The birth of the Dutch republic», Proceedings of the British Academy, 1946, p. 191. Sobre Inglaterra, véase R. B. Wernham, «English policy and the revolt of the Netherlands», en Bromley y Kossman, comps., Britain and the Netherlands, Groninga, Wolters, 1964, i, pp. 30-31.
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